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En este número

Mujeres de Fe en la Bíblia

Cartas a Pablo

Madre soltera ¿Sin pecado concebida?

Irit, la mujer de Lot: una mirada compasiva, solidaria y misericordiosa

María Magdalena: enviada a proclamar la resurrección

Números Aire de Dios

Aire de Dios Número 26

Aire de Dios Número 25

Aire de Dios Número 24

Aire de Dios Número 22

Aire de Dios Número 21



Aire de Dios 27

editorial

Mujeres de fe en la Biblia

Continuando con la reflexión en el Año de la Fe proponemos este tema tan importante en la reflexión que el SEBIP viene realizando.

Presentamos en este número cuatro artículos:

Elprimero es el trabajo realizado en el curso de Mujeres de fe en la Biblia facilitado por Elizabeth Gareca y Yolanda Rosas, como resulto de la reflexión les ofrecemos dos cartas dirigidas al apóstol Pablo que expresan los sentires de quienes fueron parte de este curso.

El segundo es un artículo que les ofrecemos gracias a la colaboración de la biblista cubana Daylíns M. Rufin Pardo ella nos brinda una relectura en clave sororal de Lc 1, 26-56, bajo el título de “Madre soltera ¿Sin pecado concebida?” en este podremos encontrar un relato poético del camino seguido por María a la casa de Elizabet en el que reflexiona y encuentra fuerza y sentido a su destino que la enfrenta a la soledad, al desprecio como lo viven muchas mujeres en nuestros países.

Tenemos también un artículo de Elizabeth GarecaGareca. Irit, la mujer de Lot:como bien sabemos este texto ha sido interpretado desde distintos puntos de vista, hoy la autora nos ofrece una mirada compasiva, solidaria y misericordiosa.

Por ultimo tenemos un artículo de Yolanda Rosas quien nos acerca de unamanera ágil a María Magdalena, la presenta cómo seguidora fiel, y la diferencia entre otras marías con la prostituta a la cuál más se la relaciona.

Esperamos que este número de Aire de Dios les ayude a acercarse a las mujeres de la Biblia con otros ojos, no con los ojos del patriarcado que juzga, condenan, invisibilizan sistemáticamente a las mujeres.


todas las Mujeres sin nombre en la Biblia


En el curso de Mujeres de fe en la Biblia un grupo de 12 personas de diferentes iglesias reflexionamos sobre algunas mujeres del Antiguo y Nuevo Testamento, conociéndolas desde sus contextos sociales y culturales y proponiendo una relectura de las historias bíblicas.

Algunos textos de las cartas escritas por Pablo nos llamaron mucho la atención y nos provocaron diversos sentimientos, por lo que el trabajo final por grupos fue elaborar una carta al apóstol Pablo para comunicarle que nuestras comunidades de fe estaban eligiendo un o una nueva líderes-responsable del grupo y dándole los argumentos para tomar dicha decisión.

Carta 1

Estimado hermano Pablo:

Te saludamos desde nuestra comunidad de La Paz Bolivia, te escribimos para proponer a la hermana Beatriz como líder de nuestra comunidad.

Ella se ha bautizado con toda su fe y colabora con la obra del Señor, al igual que la hermana Lidia que te apoyó en la obra de Dios. Nuestra comunidad necesita de personas que puedan dar amor materno como tú lo recibiste de la madre de Rufo.

Y por último hermano Pablo queremos hacerle recuerdo que tú enseñaste que somos uno solo unidos en Cristo sin importar que seamos hombres y mujeres.

Te saludamos en nombre del Señor.

Tus hermanas:Carolina, José Luis, Irene y Beatriz.

Carta 2

Querido hermano Pablo, un saludo cordial de nuestra comunidad de fe.

Nuestra comunidad reunidos presentan dos candidatos, una hermana y un hermano para nuestro líder.

La comunidad se inclina a elegir al hermano Walter. Esto siguiendo el mandato de Dios que nos comunicas. Dado que la mujer no está autorizada a representarnos en las asambleas porque la mujer debe sujetarse a su marido en la misión.

Seguidores de la Ley nuestro líder será un reflejo de Dios dado que la mujer es reflejo del hombre. Estamos seguros que esta elección es un mandato de Dios. Nuestra comunidad se despido con muchas bendiciones deseándote que Dios te de fortaleza de que continúes formando muchas comunidades.

Te saludamos:Walter, Eve, Sonia y Mary


Daylíns M. Rufin Pardo
Era en Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas ni la puerta crujiera cuando entrara.
Era una mujer seca, harapienta y oscura
con la frente de arrugas y la espalda curvada.

Venía sucia de barro, de polvo de caminos.
La iluminó la luna y no tenía sombra.
Tembló María al verla; la mula no, ni el buey
rumiando paja y heno igual que si tal cosa.

Tenía los cabellos largos, color ceniza,
color de mucho tiempo, color de viento antiguo;
en sus ojos se abría la primera mirada
y cada paso era tan lento como un siglo.

Temió María al verla acercarse a la cuna.
En sus manos de tierra, ¡oh Dios!, ¿qué llevaría?…
Se dobló sobre el Niño, lloró infinitamente
y le ofreció la cosa que llevaba escondida.

La Virgen, asombrada, la vio al fin levantarse.
¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa!
El Niño la miraba. También la mula. El buey
miraba y rumiaba igual que si tal cosa.

Era en Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujió cuando se iba.
María, al conocerla, gritó y la llamó: « ¡Madre!»
Eva miró a la Virgen y la llamó: « ¡Bendita!»

¡Qué clamor, qué alborozo por la piedra y la estrella!
Afuera aún era pura, dura la nieve y fría.
Dentro, al fin, Dios dormido, sonreía teniendo
entre sus dedos, niños, la manzana mordida.


Sabemos algo de Dios. Puede ser para algunas personas un tema sin importancia, pero nos va en ello la vida. Lo que más deberíamos desear es conocer a Dios “La vida de las personas es ver a Dios” (San Irineo), conocer a Dios en visión participativa de comunión. Nuestra vida estará marcada por la idea y el conocimiento de Dios que tenemos. Una, uno es lo que adora.

Ahora, en ésta Navidad, sí que podemos ver a Dios y conocerlo. El invisible se ha revestido de carne. El lejano se ha acercado y se ha puesto a nuestro alcance. Este es el gran Evangelio que predicamos. Es la fiesta que no nos cansamos de celebrar. Hace más de 2000 años que Dios nació de mujer. Un Dios que pisó nuestra tierra y se echó al hombro nuestra condición y nuestra historia.

Navidad es Dios con la carne a cuestas. Navidad es Dios con la historia humana a cuestas. Navidad es Dios con la humanidad a cuestas. Una buena carga, de verdad.

¿A cuestas? Podríamos imaginar a Dios paseando por nuestra tierra y por nuestra historia. Recorre todos los caminos y todos los siglos. Un siglo y otro, un milenio y otro. Va por el Sur y por el Norte, por el centro y la periferia. A todas las personas que encuentra les pide, por favor, su fardo. ¿Cómo va a poder con todo el peso del mundo?

Divino negocio

Pero Él está ahí. Desde que se encarnó está ahí, en el cruce de nuestros caminos, en el centro de nuestras vidas. Él nos pide lo que nos pesa. “Vengan a mí, los que están cargados”. Y ni espera a que vayamos, se acerca Él. Si me das tu carga, yo te regalo un tesoro. Si me das tu carga, tú estarás siempre conmigo. Sólo te pido una cosa, que no sólo me des tu carga, sino que me des tu corazón, que te des a mí toda entera, todo entero.

¿A cuestas? No es la mejor palabra. Cuando Dios carga con nuestros pesos, no sólo los pone sobre sus hombros, sino que los mete en su inmenso corazón. Para Él, nuestras cargas no son un castigo, una fatalidad. Son una llamada, una vocación, su razón de ser. Él ha venido y ha sido preparado -“ungido por el Espíritu”, dirá Él- para eso, para asumir nuestros problemas, para compartir nuestros dolores, para cargar nuestras cruces –ah, la cruz, no quería utilizar esa palabra tan pronto-, y para liberarnos de todas nuestras miserias: “Yo les aliviaré”.

Esta es, pues, la ley de la Encarnación, dar alivio a cambio de carga. Un Dios que carga con la humanidad para darle libertad. Un Dios que recibe nuestra carne a cambio de divinidad. ¿Mal negocio?

Porque la Encarnación no se detiene en la carne del niño que nos nace cada Navidad. Ya hubo teólogos en el siglo XIX que hablaban de la Iglesia como de “la permanente encarnación del Hijo de Dios” (J.A. Möhler). La Iglesia, encarnación permanente de Dios. Ahí le podemos encontrar: encarnado en todas y todos los creyentes de la comunidad de cuantos le acogen.

Pero no sólo en la Iglesia. La Encarnación tiene un dinamismo expansivo. El Verbo asume toda la carne humana, la carne delicada del niño que se abre a la vida o la carne arrugada del anciano que espera la muerte, la carne vigorosa del que crea más vida y la carne dolorida del que recibe zarpazos de muerte.

Y así, mientras amina, se le acerca un leproso dispuesto a ofrecerle su carga. El Verbo, tocándole con cariño, recibe su carne leprosa y le devuelve una carne limpia, y le regala además, con un beso, la alegría de la vida nueva. El leproso llegará a ser un hombre nuevo, pero el Verbo será en adelante el leproso universal.

Otro día se encontrará con un herido tirado en su camino, Dios le ofrece sus medicinas y carga con él. El herido recibirá la salud, la libertad, la abundancia de la misericordia, y será un hombre nuevo, pero Dios no dejará de recibir golpes y quedar abandonado y lleno de heridas en el camino. Dios encarnado será el ultrajado y excluido de todos los tiempos.

En otra ocasión se acercará al Verbo una mujer de carne impura. Entre besos, lágrimas y perfumes, la mujer quedará limpia, y el Verbo asumirá sus manchas. La mujer será en adelante como un lirio blanco, pero el Verbo será el cordero manchado con los pecados de todas y todos, el despreciado como impuro por los “perfectos”.

Cristo se sigue encarnando, especialmente en los más pobres. Y él es el pobre. Así, cualquiera podría decir a su madre, sumisa, analfabeta, doliente, pobre, pero tierna, compasiva, cercana: “mi madre era Cristo”.

Más y más Encarnación

Es verdad. Los pobres son Encarnación continua de Dios, sacramentos dolientes de su presencia, ese sacramento existencial que se encuentra “en el barrio, y en el pueblo, en la chabola del suburbio, en los marginados, en los enfermos de sida, en los ancianos, abandonados, en los hambrientos, en los drogadictos…” (IP, 22)

Este mismo documento presenta a Cristo como el gran pobre: “La Encarnación del Verbo de Dios es por sí misma, de manera radical y esencial, el empobrecimiento de Dios. Jesús de Nazaret… es el pobre por antonomasia, el existencialmente pobre, el vaciado –kenosis-, el abandonado por Dios a la vida humana que será su muerte, y el abandonado por sí mismo a la voluntad del Padre y a la voluntad de los hombres” (IP 21).

Veamos la ley de la Encarnación expansiva. El Verbo se encarna en la iglesia de manera permanente. El verbo se encarna en la humanidad doliente y necesitada. Pero se encarna también en el mundo.

“El Verbo se hizo llanto
Para levantar la vida
El Verbo está en la carne
Dolorida del mundo”
(León Felipe)
Así lo señala la Dominum et Vivificantem: “La Encarnación de Dios Hijo significa asumir la unidad con Dios no sólo de la naturaleza humana, sino asumir también en ella, en cierto modo, todo lo que es “carne”: toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnación, por tanto, tiene también su significado cósmico y su dimensión cósmica” (50).

Toda la realidad material queda así, de algún modo, cristificada. Entendemos ahora mejor lo de “los dolores de parto” y las ansias de liberación de la Creación enteras, que leíamos en la carta a los Romanos. Y entendemos mejor lo de la Cristogénesis universal que bellamente nos enseñaba. Teilhard de Chardin. Y entendemos mejor la sensibilidad de Francisco de Asís y de todos los místicos para contemplar a Dios y a Cristo en todas las criaturas.

La ley de la Encarnación son los vestidos de Cristo. El Verbo se viste de carne, primero la que le tejió su madre con todo el amor. Después la que le teje la otra Virgen-Madre que es la Iglesia. Después la que le proporciona cada día la humanidad, tan distinta y tan difícil, a veces, de adaptación al Verbo. Por último, los vestidos todos de la Creación. No todos tienen el mismo valor ni la misma intensidad de encarnación. Pero todos son vestidos de Cristo.


¡Qué se abra el cielo y llueva la justicia!

Destilen, oh cielos, desde lo alto,
Y derramen justicia las nubes;
ábrase la tierra y dé fruto la salvación,
Y brote la justicia con ella.
Yo, el Señor, lo he creado.
(Is 45,8)
En tiempos de Jesús, todas y todos sus contemporáneos viven con la mirada puesta en el horizonte, expectantes ante el reino de Dios prometido desde antiguo. Se trata del reino definitivo, el reino de justicia y de paz anunciado por los profetas, que hará realidad la Promesa de YHWH a su pueblo.

Todas y todos esperan al Mesías de Dios, pero es sobre todo el pueblo sencillo el que grita con fuerza a YHWH que haga llover desde el cielo al Justo anunciado. La tierra de los pobres está reseca porque no recibe desde hace tiempo el agua de la justicia. Aplastados por el peso del abandono y de las leyes que los oprimen, los desheredados de Israel alimentan la esperanza en el Mesías liberador. Aquel que vendrá, abrirá lo nuevo el Mar Rojo de la pobreza y de la opresión, trazará un camino entre las aguas caudalosas de la desesperanza, para hacer caminar al pueblo hacia la tierra prometida, donde todo será distinto.

Dios en medio de su pueblo

1Y sucederá en los últimos días
que el monte de la casa del Señor
será establecido como cabeza de los montes;
se elevará sobre las colinas,
y correrán a él los pueblos.
2 Vendrán muchas naciones y dirán:
“Vengan y subamos al monte del Señor,
a la casa del Dios de Jacob,
para que Él nos instruya en sus caminos,
y nosotros andemos en sus sendas.”
Porque de Sion saldrá la ley,
y de Jerusalén la palabra del Señor.
(Miq 4.1-2)

En esta espera, María de Nazaret, representa al pueblo que ha permanecido fiel y continúa pendiente de un gesto liberador de YHWH. Ella es del grupo de los anawin (pobres de YHWH) en quien Dios pone su mirada para llevar adelante su proyecto salvador, Alégrate llena de gracia el Señor está contigo (Lc 1,28). En las palabras del ángel, descubrimos toda la fuerza de Dios que se acerca a la persona y se despoja de su poder para sumir el paso de nuestra historia. Dios, en la debilidad, encuentra a la persona.

María representa la nueva “Arca de la Alianza”. A ella, el ángel le anuncia, el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra (Lc 1,35) recordemos la “nube”, símbolo de Dios que cubría la tienda de la Alianza… la nube moraba sobre la tienda del encuentro y la gloria de YHWH llenaba la mirada (EX 40,35). El Arca de la Alianza era la presencia misma de Dios en medio de su pueblo. María es, desde el anuncio del ángel, la nueva “Arca de la Alianza” que llevará en su seno al Hijo de Dios, Dios-con nosotras: La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotras (Jn 1,14). Dios, despojado de su poder, ha asumido nuestro paso y camina por nuestro suelo.

En María se hará realidad de nuevo la paradoja de Dios que hará realidad de nuevo la paradoja de Dios que derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes (Lc 1,52). El abrirá, como antiguamente, un sendero por el medio del mar en la desnudez de las pisadas de Jesús. A María de Nazaret, pobre de YWHW, todas las generaciones le llamarán bienaventurada porque Dios, en tu libertad, ha hecho grandes cosas.

Jesús, buena noticia de Dios

¡Cuántas veces nos hemos equivocado en la clave con que vivimos! ¡Cuántas tinieblas, cuántos pasos equivocados, cuánto dolor y cuánta herida abierta! En medio de situaciones de muerte, de angustia, de sin sentido, Dios ha tomado partido por el pueblo. Lo hizo con Israel cuando descubrió la “opresión” en la que se encontraba y lo vuelve a hacer cada vez que la persona experimenta “sombras de muerte”. YHWH ha estado grande con su pueblo, ha estado grande con nosotras y nosotros ofreciéndonos su mano, tomando nuestro paso y señalando un horizonte de plenitud en el que seremos personas logradas, según el corazón de nuestro Dios.

Eso es lo que celebramos en el misterio de la Encarnación, el gozo de un Dios que se ha solidarizado con nosotras y nosotros ofreciéndonos un futuro nuevo. En Jesús, la Palabra, Dios se ha hecho historia y ha hablado el lenguaje de las personas, colmando las aspiraciones más hondas del ser humano, sorprendiéndonos con la novedad de un tiempo diferente que está por venir. En Jesús, Dios ha besado a cada mujer y a cada varón, ha sanado sus heridas con el bálsamo suave de su presencia y ha abierto senderos de esperanza que conducen a la persona nueva, transparencia de su Creador.

Dios nos ha bendecido en Cristo. Elegidas y elegidos por él desde siempre. YHWH ha querido llevar adelante un proyecto de liberación: Hijas en el Hijo, éste es nuestro destino. Jesús de Nazaret constituye para nosotras y nosotros la plenitud de los tiempos (Gal 4,4), aquel en quién Dios ha revelado a la persona la propia persona.