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En este número

editorial

Las grandes enseñanzas de la Navidad

La Visitadora - Antonio Murciano

La ley de la Encarnación

Jesús Dios-con nosotras

Números Aire de Dios

Aire de Dios Número 26

Aire de Dios Número 25

Aire de Dios Número 24

Aire de Dios Número 22

Aire de Dios Número 21

Aire de Dios 25

editorial

NAVIDAD

Amigas y amigos
¡Feliz Navidad!

Resquebrajó la aridez de la tierra. Una mujer, María fecunda por obra del Dios de todo lo creado, ha engendrado la Palabra, la Vida, la Luz, la Salvación, la Promesa, el Esperado, el Mesías, el Hijo de Dios.

Te felicitan: Cintia, Elizabeth, Justin, Yolanda, Mery, Nelson, Rosario, Deysi, Dietmar Cristian, Irene y Pinky


¡Tanto amor!

La Navidad, como la Encarnación, es en su raíz un misterio de amor inmenso. Lo hemos repetido, tanto nos amó Dios que nos dio a su Hijo único. Tanto nos amó el Hijo que vino a ser Dios-con-nosotras y nosotros, entregándose todo por nosotras y nosotros.

En el rostro de Jesús aparece toda la bondad, la ternura, la misericordia de Dios. Jesús es el Dios que nos sonríe y nos dignifica.

No podemos celebrar la Navidad si no aprendemos esta primera lección. Porque Jesús no sólo nos amó, sino que nos contagió el amor, lo derramó en nuestro corazón por medio del Espíritu (cf. 5,5). Nos amó para que vivamos en el amor.

¡Tanta humildad!

Un Dios que se hace humano es un abismo de humildad. “El cual, siendo de condición divina… se despojó a sí mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres…” (Fil 2,6-7). Pero es que se hace niño, se empequeñece para nacer de una mujer. Las mismas circunstancias del nacimiento son humillantes, es un desconocido, rechazado, marginado… Es un Mesías que nace en un pesebre, de familia pobre, que vive largos años en un pueblo insignificante. Cuando más tarde nos diga que nos hagamos niños, sabrá lo que eso significa. No podemos celebrar la Navidad si seguimos siendo orgullosos y envidiosos, si queremos ser superiores a las y los demás, si buscamos el aplauso, si no aprendemos a servir, a bajar, a callar…

¡Tanta pobreza!

Dios se hizo pobre, siendo rico (cf. 2Cor 8,8). Vemos la familia de la que nace, la cuna en que nace, los medios de vida con que se sustenta. Fue pobre e hizo opción por los pobres, se acercó a los que más sufrían y más le necesitaban.

Mal podemos celebrar la Navidad si seguimos con las mismas ambiciones. ¡Si hasta profanamos la Navidad con nuestras celebraciones consumistas y derrochadoras! Queremos celebrar el amor generoso de Dios y cometemos injusticia. Mientras no estamos dispuestas y dispuestos a despojarnos, a compartir, a hacernos pobres, no podemos celebrar la Navidad.

¡Y la paz!

La paz es el perfume de la Navidad, el gran regalo que nos trae Dios del cielo. “Paz a los hombres con mucho amor”. El Mesías es un niño desarmado. Rechaza la violencia. No viene a condenar, sino a salvar. En Él, Dios y la humanidad hacen las paces definitivamente, se abrazan con abrazo sustancial. Su misión es el de reconciliar a todas las personas, hacer de todos los pueblos una gran familia, todas hijas e hijos, hermanas y hermanos.

No podemos celebrar la Navidad mientras guardamos algún rencor, mientras no perdonemos las deudas, mientras no queramos saber nada con (de) la hermana y el hermano. Quién vive la Navidad será alguien no-violento y pondrá todo su empeño en construir la paz.


Antonio Nurciano
Era en Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas ni la puerta crujiera cuando entrara.
Era una mujer seca, harapienta y oscura
con la frente de arrugas y la espalda curvada.

Venía sucia de barro, de polvo de caminos.
La iluminó la luna y no tenía sombra.
Tembló María al verla; la mula no, ni el buey
rumiando paja y heno igual que si tal cosa.

Tenía los cabellos largos, color ceniza,
color de mucho tiempo, color de viento antiguo;
en sus ojos se abría la primera mirada
y cada paso era tan lento como un siglo.

Temió María al verla acercarse a la cuna.
En sus manos de tierra, ¡oh Dios!, ¿qué llevaría?…
Se dobló sobre el Niño, lloró infinitamente
y le ofreció la cosa que llevaba escondida.

La Virgen, asombrada, la vio al fin levantarse.
¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa!
El Niño la miraba. También la mula. El buey
miraba y rumiaba igual que si tal cosa.

Era en Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujió cuando se iba.
María, al conocerla, gritó y la llamó: « ¡Madre!»
Eva miró a la Virgen y la llamó: « ¡Bendita!»

¡Qué clamor, qué alborozo por la piedra y la estrella!
Afuera aún era pura, dura la nieve y fría.
Dentro, al fin, Dios dormido, sonreía teniendo
entre sus dedos, niños, la manzana mordida.


Sabemos algo de Dios. Puede ser para algunas personas un tema sin importancia, pero nos va en ello la vida. Lo que más deberíamos desear es conocer a Dios “La vida de las personas es ver a Dios” (San Irineo), conocer a Dios en visión participativa de comunión. Nuestra vida estará marcada por la idea y el conocimiento de Dios que tenemos. Una, uno es lo que adora.

Ahora, en ésta Navidad, sí que podemos ver a Dios y conocerlo. El invisible se ha revestido de carne. El lejano se ha acercado y se ha puesto a nuestro alcance. Este es el gran Evangelio que predicamos. Es la fiesta que no nos cansamos de celebrar. Hace más de 2000 años que Dios nació de mujer. Un Dios que pisó nuestra tierra y se echó al hombro nuestra condición y nuestra historia.

Navidad es Dios con la carne a cuestas. Navidad es Dios con la historia humana a cuestas. Navidad es Dios con la humanidad a cuestas. Una buena carga, de verdad.

¿A cuestas? Podríamos imaginar a Dios paseando por nuestra tierra y por nuestra historia. Recorre todos los caminos y todos los siglos. Un siglo y otro, un milenio y otro. Va por el Sur y por el Norte, por el centro y la periferia. A todas las personas que encuentra les pide, por favor, su fardo. ¿Cómo va a poder con todo el peso del mundo?

Divino negocio

Pero Él está ahí. Desde que se encarnó está ahí, en el cruce de nuestros caminos, en el centro de nuestras vidas. Él nos pide lo que nos pesa. “Vengan a mí, los que están cargados”. Y ni espera a que vayamos, se acerca Él. Si me das tu carga, yo te regalo un tesoro. Si me das tu carga, tú estarás siempre conmigo. Sólo te pido una cosa, que no sólo me des tu carga, sino que me des tu corazón, que te des a mí toda entera, todo entero.

¿A cuestas? No es la mejor palabra. Cuando Dios carga con nuestros pesos, no sólo los pone sobre sus hombros, sino que los mete en su inmenso corazón. Para Él, nuestras cargas no son un castigo, una fatalidad. Son una llamada, una vocación, su razón de ser. Él ha venido y ha sido preparado -“ungido por el Espíritu”, dirá Él- para eso, para asumir nuestros problemas, para compartir nuestros dolores, para cargar nuestras cruces –ah, la cruz, no quería utilizar esa palabra tan pronto-, y para liberarnos de todas nuestras miserias: “Yo les aliviaré”.

Esta es, pues, la ley de la Encarnación, dar alivio a cambio de carga. Un Dios que carga con la humanidad para darle libertad. Un Dios que recibe nuestra carne a cambio de divinidad. ¿Mal negocio?

Porque la Encarnación no se detiene en la carne del niño que nos nace cada Navidad. Ya hubo teólogos en el siglo XIX que hablaban de la Iglesia como de “la permanente encarnación del Hijo de Dios” (J.A. Möhler). La Iglesia, encarnación permanente de Dios. Ahí le podemos encontrar: encarnado en todas y todos los creyentes de la comunidad de cuantos le acogen.

Pero no sólo en la Iglesia. La Encarnación tiene un dinamismo expansivo. El Verbo asume toda la carne humana, la carne delicada del niño que se abre a la vida o la carne arrugada del anciano que espera la muerte, la carne vigorosa del que crea más vida y la carne dolorida del que recibe zarpazos de muerte.

Y así, mientras amina, se le acerca un leproso dispuesto a ofrecerle su carga. El Verbo, tocándole con cariño, recibe su carne leprosa y le devuelve una carne limpia, y le regala además, con un beso, la alegría de la vida nueva. El leproso llegará a ser un hombre nuevo, pero el Verbo será en adelante el leproso universal.

Otro día se encontrará con un herido tirado en su camino, Dios le ofrece sus medicinas y carga con él. El herido recibirá la salud, la libertad, la abundancia de la misericordia, y será un hombre nuevo, pero Dios no dejará de recibir golpes y quedar abandonado y lleno de heridas en el camino. Dios encarnado será el ultrajado y excluido de todos los tiempos.

En otra ocasión se acercará al Verbo una mujer de carne impura. Entre besos, lágrimas y perfumes, la mujer quedará limpia, y el Verbo asumirá sus manchas. La mujer será en adelante como un lirio blanco, pero el Verbo será el cordero manchado con los pecados de todas y todos, el despreciado como impuro por los “perfectos”.

Cristo se sigue encarnando, especialmente en los más pobres. Y él es el pobre. Así, cualquiera podría decir a su madre, sumisa, analfabeta, doliente, pobre, pero tierna, compasiva, cercana: “mi madre era Cristo”.

Más y más Encarnación

Es verdad. Los pobres son Encarnación continua de Dios, sacramentos dolientes de su presencia, ese sacramento existencial que se encuentra “en el barrio, y en el pueblo, en la chabola del suburbio, en los marginados, en los enfermos de sida, en los ancianos, abandonados, en los hambrientos, en los drogadictos…” (IP, 22)

Este mismo documento presenta a Cristo como el gran pobre: “La Encarnación del Verbo de Dios es por sí misma, de manera radical y esencial, el empobrecimiento de Dios. Jesús de Nazaret… es el pobre por antonomasia, el existencialmente pobre, el vaciado –kenosis-, el abandonado por Dios a la vida humana que será su muerte, y el abandonado por sí mismo a la voluntad del Padre y a la voluntad de los hombres” (IP 21).

Veamos la ley de la Encarnación expansiva. El Verbo se encarna en la iglesia de manera permanente. El verbo se encarna en la humanidad doliente y necesitada. Pero se encarna también en el mundo.

“El Verbo se hizo llanto
Para levantar la vida
El Verbo está en la carne
Dolorida del mundo”
(León Felipe)
Así lo señala la Dominum et Vivificantem: “La Encarnación de Dios Hijo significa asumir la unidad con Dios no sólo de la naturaleza humana, sino asumir también en ella, en cierto modo, todo lo que es “carne”: toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnación, por tanto, tiene también su significado cósmico y su dimensión cósmica” (50).

Toda la realidad material queda así, de algún modo, cristificada. Entendemos ahora mejor lo de “los dolores de parto” y las ansias de liberación de la Creación enteras, que leíamos en la carta a los Romanos. Y entendemos mejor lo de la Cristogénesis universal que bellamente nos enseñaba. Teilhard de Chardin. Y entendemos mejor la sensibilidad de Francisco de Asís y de todos los místicos para contemplar a Dios y a Cristo en todas las criaturas.

La ley de la Encarnación son los vestidos de Cristo. El Verbo se viste de carne, primero la que le tejió su madre con todo el amor. Después la que le teje la otra Virgen-Madre que es la Iglesia. Después la que le proporciona cada día la humanidad, tan distinta y tan difícil, a veces, de adaptación al Verbo. Por último, los vestidos todos de la Creación. No todos tienen el mismo valor ni la misma intensidad de encarnación. Pero todos son vestidos de Cristo.


¡Qué se abra el cielo y llueva la justicia!

Destilen, oh cielos, desde lo alto,
Y derramen justicia las nubes;
ábrase la tierra y dé fruto la salvación,
Y brote la justicia con ella.
Yo, el Señor, lo he creado.
(Is 45,8)
En tiempos de Jesús, todas y todos sus contemporáneos viven con la mirada puesta en el horizonte, expectantes ante el reino de Dios prometido desde antiguo. Se trata del reino definitivo, el reino de justicia y de paz anunciado por los profetas, que hará realidad la Promesa de YHWH a su pueblo.

Todas y todos esperan al Mesías de Dios, pero es sobre todo el pueblo sencillo el que grita con fuerza a YHWH que haga llover desde el cielo al Justo anunciado. La tierra de los pobres está reseca porque no recibe desde hace tiempo el agua de la justicia. Aplastados por el peso del abandono y de las leyes que los oprimen, los desheredados de Israel alimentan la esperanza en el Mesías liberador. Aquel que vendrá, abrirá lo nuevo el Mar Rojo de la pobreza y de la opresión, trazará un camino entre las aguas caudalosas de la desesperanza, para hacer caminar al pueblo hacia la tierra prometida, donde todo será distinto.

Dios en medio de su pueblo

1Y sucederá en los últimos días
que el monte de la casa del Señor
será establecido como cabeza de los montes;
se elevará sobre las colinas,
y correrán a él los pueblos.
2 Vendrán muchas naciones y dirán:
“Vengan y subamos al monte del Señor,
a la casa del Dios de Jacob,
para que Él nos instruya en sus caminos,
y nosotros andemos en sus sendas.”
Porque de Sion saldrá la ley,
y de Jerusalén la palabra del Señor.
(Miq 4.1-2)

En esta espera, María de Nazaret, representa al pueblo que ha permanecido fiel y continúa pendiente de un gesto liberador de YHWH. Ella es del grupo de los anawin (pobres de YHWH) en quien Dios pone su mirada para llevar adelante su proyecto salvador, Alégrate llena de gracia el Señor está contigo (Lc 1,28). En las palabras del ángel, descubrimos toda la fuerza de Dios que se acerca a la persona y se despoja de su poder para sumir el paso de nuestra historia. Dios, en la debilidad, encuentra a la persona.

María representa la nueva “Arca de la Alianza”. A ella, el ángel le anuncia, el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra (Lc 1,35) recordemos la “nube”, símbolo de Dios que cubría la tienda de la Alianza… la nube moraba sobre la tienda del encuentro y la gloria de YHWH llenaba la mirada (EX 40,35). El Arca de la Alianza era la presencia misma de Dios en medio de su pueblo. María es, desde el anuncio del ángel, la nueva “Arca de la Alianza” que llevará en su seno al Hijo de Dios, Dios-con nosotras: La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotras (Jn 1,14). Dios, despojado de su poder, ha asumido nuestro paso y camina por nuestro suelo.

En María se hará realidad de nuevo la paradoja de Dios que hará realidad de nuevo la paradoja de Dios que derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes (Lc 1,52). El abrirá, como antiguamente, un sendero por el medio del mar en la desnudez de las pisadas de Jesús. A María de Nazaret, pobre de YWHW, todas las generaciones le llamarán bienaventurada porque Dios, en tu libertad, ha hecho grandes cosas.

Jesús, buena noticia de Dios

¡Cuántas veces nos hemos equivocado en la clave con que vivimos! ¡Cuántas tinieblas, cuántos pasos equivocados, cuánto dolor y cuánta herida abierta! En medio de situaciones de muerte, de angustia, de sin sentido, Dios ha tomado partido por el pueblo. Lo hizo con Israel cuando descubrió la “opresión” en la que se encontraba y lo vuelve a hacer cada vez que la persona experimenta “sombras de muerte”. YHWH ha estado grande con su pueblo, ha estado grande con nosotras y nosotros ofreciéndonos su mano, tomando nuestro paso y señalando un horizonte de plenitud en el que seremos personas logradas, según el corazón de nuestro Dios.

Eso es lo que celebramos en el misterio de la Encarnación, el gozo de un Dios que se ha solidarizado con nosotras y nosotros ofreciéndonos un futuro nuevo. En Jesús, la Palabra, Dios se ha hecho historia y ha hablado el lenguaje de las personas, colmando las aspiraciones más hondas del ser humano, sorprendiéndonos con la novedad de un tiempo diferente que está por venir. En Jesús, Dios ha besado a cada mujer y a cada varón, ha sanado sus heridas con el bálsamo suave de su presencia y ha abierto senderos de esperanza que conducen a la persona nueva, transparencia de su Creador.

Dios nos ha bendecido en Cristo. Elegidas y elegidos por él desde siempre. YHWH ha querido llevar adelante un proyecto de liberación: Hijas en el Hijo, éste es nuestro destino. Jesús de Nazaret constituye para nosotras y nosotros la plenitud de los tiempos (Gal 4,4), aquel en quién Dios ha revelado a la persona la propia persona.